EL CONJURO DEL ESCRITOR. JEF VOLKJTEN. RELATO CORTO.


 "Esta historia, a diferencia de los muchos relatos cargados de fantasía  que narré en el pasado, sucedió en la vida real, y por tanto está escrita con letras de sombrías ilusiones  y trágicos desengaños capaces de engullirlo todo. Hasta  mi esperanza y mi vida. Y mi sueño de escritor.

En una de esas lluviosas noches bogotanas en las que el amor solía darme la espalda, me refugié del aguacero de recuerdos en un librito con olor a virgen que me transportó a la Barcelona de mitad de siglo XX. Cuando la magia del Cementerio De Los Libros Olvidados sucumbió ante mis párpados pesados como el plomo, pospuse la lectura y me enfundé en mantas de nostalgia y añoranza, imaginando un rostro sonriente que ya no me pertenecía, que se había marchado sin decir adiós. Fue por ello que en esa estación en mitad de la realidad y el sueño hice una parada fugaz para traer a mi memoria la imagen de un personaje antiguo que de a poco iba condenando al abandono. Pronuncié su nombre como un sortilegio para que espantara mis penas. Cuando segundos después caí dormido, ese personaje me siguió y se aferró a mi corazón oscuro y destrozado.

A la mañana siguiente, la característica resaca de quien ha bebido mucho pasado me atacó sin piedad. No obstante, una sensación de compañía y abrigo logró aplacar el malestar. Entonces la vi. Allí, muy presente en mi memoria, se encontraba el personaje que había invocado para apaciguar mi soledad. Se llamaba Clarisse, y tras un lúgubre relato en el que la describí a punto de suicidarse, la dejé  en una estantería junto a tantos otros seres  creados con mis letras e imaginación, empolvándose en un recodo de mi cerebro olvidadizo. Pero dispuesta a recuperar un papel protagónico,  Clarisse acudió en mi rescate y hallé en ella un alivio compuesto de ideas, escenas, frases y un trocito de amor verdadero, de ese que sólo se consigue en los libros.

Durante las semanas siguientes Clarisse fue mi sombra y mi sol, mi inspiración y mi alegría. De día caminaba con ella susurrándole el sinfín de cuentos en los que aparecía como heroína; de noche la abrazaba con mis citas, escribiéndola  con gracia y desenvoltura.  Pero cuando creía que ya ha había alcanzado la cumbre de mis capacidades literarias, Clarisse hizo un movimiento que le dio a mi pluma un poder insospechado y divino; el mismo poder que eventualmente me condenaría a arder en el infierno de mi propia tinta.

Una mañana de octubre apareció en mi vida una joven enigmática que jamás había visto. Con pequeños y esporádicos movimientos se acercó a mí lo suficiente como para captar mi presuntuosa atención. Más que hablar justo lo necesario, parecía callar casi todo lo que tenía por decirme, y fue precisamente eso lo que me incitó a seguirle los pasos y tratar de averiguar lo que quería. Lentamente conseguí ganar algo de su tiempo, pero las conversaciones eran tan escuetas y su presencia tan escasa que mi paciencia estalló, arrojando un torrente de intriga abrasadora. Un día, incapaz de continuar aquel jueguito exasperante, la espié con descaro y atisbé en su cara casi oculta una media sonrisa que eclipsó mis sentidos. Mis dedos temblaron y corrí  presuroso a rebuscar un lápiz como quien mendiga pan y drogas. Minutos después, mi corazón terminaba de dictar una historia como nunca antes había contado. Dominado como estaba por el encanto de esos labios sonrientes, creé una descripción sublime que los ángeles en el Vaticano habrían recitado fascinados. Cuando las palabras se hicieron públicas, duró más un suspiro mío por su hermosura que ella adivinándose a sí misma plasmada en tales párrafos. Fue entonces cuando conquisté su total y abierto interés por mi existencia.

Por espacio de 60 días me acostaba pensando en su sonrisa para luego despertar anhelando su aroma exquisito. Nos encontrábamos cada día para descubrirle al otro un trozo de nuestras vidas, perplejos ante las incesantes similitudes y  gustos en común. Llegamos a un punto en que era inimaginable pegar el ojo sin antes haberse alimentado con la presencia del otro. Y mientras eso sucedía, mis cuadernos y bolígrafos ardían jubilosos con mi imaginación.  Escribía poesía gloriosa que cautivaba a humanos desdichados ansiosos de versos sublimes. Mis relatos se convirtieron en bendiciones que aclamaban con desespero, creyendo ver en mí a su Señor cuando en verdad era mi musa la diosa responsable de tan sacras  escrituras que yo creaba sin parar.

Pero siendo esto un hecho real, la felicidad reinante era pasajera, y su fin se vería marcado por el horror. Una noche en la que divagábamos sobre autores perdidos y música enterrada, ella me asaltó con una petición que nunca me había hecho. Me pidió con tono suplicante que escribiese un cuento con ella como personaje principal. Era consciente de que en los últimos dos meses había sido mi única fuente de inspiración, pero esta vez quería algo especial que gritase en cada página y renglón su nombre, su vida, su esencia.  Sobra decir que acepté dichoso;  trabajé en ello con un esmero y pasión desconocidos.  Como Dalí pintando sus excéntricos cuadros, yo me rendí ante las páginas de mi cuaderno para dar pinceladas con palabras que formasen el intrincado rompecabezas que ella suponía. La narré y conté con belleza abrumadora, desnudando hasta el más íntimo detalle de su encanto. Embriagado como estaba por su perfección, tejí con soltura y sencillez todos los hilos que hilvanaban los cimientos mismos de su alma. Todos menos uno.

Mi vida cobró sentido, si no lo había hecho ya cuando la conocí, el día en que le entregué el escrito requerido. Una expresión de embeleso puro tras leerlo y las posteriores palabras de agradecimiento se colaron hondo en mí, grabándose a fuego en mi memoria. No reparé en la pizca de agonía y decepción que asomó en sus ojos al momento de decir adiós. Cuando horas después me acosté dispuesto a entregarme a un sueño placentero, me dije emocionado que todo aquello no era más que el comienzo de una nueva vida  en la que el futuro se antojaba brillante y prometedor. Qué irónico pensar así la noche antes de la catástrofe.

Al despertar, lo primero que hice fue buscarla donde siempre solía estar. Tras no encontrarla, decidí dar un paseo y de paso revisar en otro lugar. Nada. Conforme pasaron las horas, mi inquietud fue en aumento y ese don maldito que tenemos para detectar cuando algo malo pasa se instaló en mi pecho y estremeció mi espíritu. Cuando ya estaba al borde de la locura, un golpe frío y brutal derrumbó mi alma a causa de lo que encontré. O más bien, lo que no encontré.  Todo lo que me relacionaba con ella de uno u otro modo se había desvanecido. Los indicios de nuestra relación se habían esfumado, desaparecido como si nunca hubiesen existido. Cualquier rastro que llevase hasta ella o al menos diese cuenta de su existencia fue borrado con pulcritud de la faz de la tierra, dejando tan solo a un remedo de escritor desolado con un puñado de recuerdos evaporándose. Me sentí despertando de un sueño para ingresar a una pesadilla en la que la monstruosa ausencia de ella retumbaba perversa.

Aún presa de la incredulidad y el estupor, hallé en mi cuaderno lo que parecía ser la única prueba de su existencia, el  borrador de la historia que 24 horas antes le había entregado a ella. Y entonces, conforme lo fui leyendo para aferrarme a su imagen, un horror indescriptible se apoderó de mí y  la súbita comprensión me azotó con furia letal. Mis propias palabras se revelaron, abriéndome los ojos para que contemplase el verdadero rostro de la mujer dueña de mis escritos. Esa joven que había alterado mi realidad era la propia Clarisse. Ella, en su afán por no caer en el olvido de mis otros personajes, cruzó una puerta prohibida que la alejó de su mundo de papel y la trajo junto a mí, su creador de carne y hueso. Yo pronuncié el conjuro que paulatinamente le dio la oportunidad de visitarme, sin saber que el precio por ello era la absoluta ignorancia sobre  su genuina identidad.  Limitada por las reglas de un destino malvado, ella tenía un tiempo limitado y no podía revelar quién era, aunque intentó hasta el último momento conducirme a la verdad. Pero yo, cegado e ingenuo, no fui capaz de atar los hilos invisibles que pendían sobre nosotros. La miré sin verla, la escribí sin reconocerla en el escrito que me había pedido. Y eso nos castigó por la eternidad. Su hora se cumplió: partió a su cárcel de tinta y páginas perdidas en mi alma mientras yo pasé de  escritor  a simple títere en la tragedia de un amor imposible.

Su muerte o la mía habrían sido una bendición, pero en este libro llamado Realidad la suerte es un tabú jamás escrito.  Yo quedé suelto en un mundo grisáceo poblado de tormentosas páginas blancas en las que era incapaz de plasmar una sola letra. Clarisse se vio prisionera para siempre en el relato que una vez la vio nacer. Nunca pude volver a retratarla ni en el más pequeño de los cuentos; su figura dolorosamente presente en mis recuerdos me fue esquiva. El borrador de la historia que le entregué el día antes de su desaparición lo quemé tiempo después. Viento y tiempo se llevaron las cenizas de las últimas palabras que escribí en mi vida. Junto a ellas se marcharon mi sueño asesinado y el único susurro que acerté a soltar, la  frase que una noche de lluvia y aflicción sentenció mi ruina: el conjuro del escritor."

Jef Volkjten

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